Después de las primeras impresiones tocaba empezar a desmontar de verdad y valorar con calma qué había debajo de los plásticos. Y aquí fue donde la Motocompo empezó a enseñar el trabajo real que tenía por delante.
A simple vista ya se veía que no iba a ser una restauración rápida. Al ir quitando piezas quedó claro que el estado general era bastante malo: óxido en prácticamente todas las partes metálicas, mucha suciedad acumulada y varios elementos que habría que revisar uno por uno antes de decidir si se podían recuperar o tocaba buscar recambio.
Valoración de daños

Con la Motocompo ya parcialmente desmontada se aprecia mucho mejor el estado real del conjunto. El chasis, soportes, tornillería, horquilla y varias zonas estructurales presentan óxido y suciedad. No era solo una cuestión estética: antes de montar nada bonito, había que comprobar qué piezas seguían siendo aprovechables.
Motocompo sin placas

Al quitar los plásticos de la carrocería se ve claramente que la moto necesitaba una revisión completa. El asiento todavía estaba montado, pero alrededor ya quedaban expuestos el bastidor, parte del cableado, la zona del depósito y el conjunto trasero. El óxido aparecía por todos lados: tubos del chasis, soportes, tornillos, zona de suspensión y piezas auxiliares.
También se aprecia que muchas piezas habían envejecido mal. Algunas estaban simplemente sucias, pero otras daban la sensación de llevar años sin desmontarse. En este punto ya estaba claro que no bastaría con limpiar por encima.
Zona trasera, motor y cableado

En el detalle de la parte trasera se ve todavía mejor el estado general: motor muy sucio, tornillería oxidada, soportes castigados, cableado a revisar y piezas que habría que desmontar con paciencia. La zona de batería y pilotos también pedía una revisión completa, tanto eléctrica como estética.
Conclusión de este primer desmontaje
La valoración fue bastante clara: había trabajo en todas partes. La Motocompo estaba completa en algunas zonas importantes, pero el estado de conservación era peor de lo que parecía al principio. Tocaba desmontar, clasificar piezas, limpiar, eliminar óxido y decidir qué se podía salvar.
Este fue el punto en el que la restauración dejó de ser una idea bonita y pasó a ser un proyecto de verdad. A partir de aquí ya no había vuelta atrás.
